Todo lo vemos negro

La generación perdida de jóvenes españoles que han sido víctimas de la crisis económica y de la nefasta gestión de los políticos y banqueros se ve ahora en una tesitura que jamás hubiera imaginado, la de vivir una adolescencia eterna. La realidad de los jóvenes mayores de 23 años que han acabado una carrera o una formación profesional es muy negra, ya que no tienen oportunidad de incorporarse al mercado laboral en la mayoría de los casos.

Abandonar el domicilio de los padres se ha cospanishnvertido en una aventura más que arriesgada. Los jóvenes que tienen la suerte de abandonar el nido familiar, porque han logrado un empleo, luego se ven con que no tienen el suficiente dinero para afrontar todos los pagos de piso, comida y demás necesidades básicas y rutinarias. Esta situación de precariedad laboral y vital en la que cobrar el salario mínimo interprofesional se convierte en una especie de privilegio acaba por dinamitar el atisbo de independencia de esos jóvenes que quisieron salir de casa para ganarse la vida con el propio sudor de su frente y el propio trabajo de sus dos manos; como consecuencia, esos jóvenes acaban volviendo a la casa de sus padres, para poder al menos ahorrarse el dinero que pierden al pagar el piso, que en muchas ocasiones suele llevarse un altísimo porcentaje del precario salario.

En esta situación, y teniendo en cuenta que todavía hay jóvenes españoles que son excepciones y que tienen la suerte de llevar una vida digna en nuestro país, la hipótesis de poder formar una familia se va postergando. Y se va desvaneciendo. ¿Cómo es posible casarse, tener hijos y llevar una vida tan normal como la que llevaron los ahora quincuagenarios o sexagenarios sin tener un salario digno ni fijo, sin saber si vas a poder pagar la comida, el piso, la luz y el resto de necesidades básicas?