La mala costumbre de encorsetar generaciones

Tenemos la mala costumbre de generalizar todo, absolutamente todo. Y es un tremendo error, porque todos sabemos que en esta vida las cosas no son ni blancas ni negras, que hay millones de colores en medio. Y ese afán de ponerle un “mote” a todo no hace sino tergiversar la realidad, a veces de un modo injusto y despectivo.

Eso es lo que ha ocurrido con las generaciones. Hubo una generación de postguerra, marcada por los terribles efectos de la contienda. Una época dura, de penurias y estrecheces. Pero no todos la vivieron igual, y no nos referimos a las clases más pudientes, incluso entre las más humildes hubo quien sobrevivió sin grandes lujos, pero sin grandes estrecheces, cierto es que entonces se conformaban con bastante menos que ahora.

Años después fue la generación de los emigrantes, la de “vente a Alemania, Pepe”. Pero ni todos emigraron ni todos fueron felices en el extranjero ni todos fueron explotados casi como esclavos.

Después llegó la generación de la “movida”, la generación peta zeta o la generación x. Y una que incluso tuvo un eco publicitario de relevancia: la generación JASP. Una generación icono de un mundo feliz, el de los “jóvenes aunque sobradamente preparados”. Jóvenes sí, preparados, en muchas ocasiones no tanto. Pero si de algo no se les puede acusar es de falta de ganas de comerse en mundo.

Luego se dio la vuelta a la tortilla y pasamos a la generación “ni-ni”. Sí, algunos ni estudiaban ni trabajaban, pero no por desidia o falta de iniciativa. Muchos ni encontraban trabajo ni tenían recursos para seguir estudiando hasta cumplir los 40. Una generación injustamente tildada de holgazana.

¿Y ahora? Ahora hablamos de generación perdida. Y, sí, tal vez muchos tengan un futuro muy poco prometedor, fruto de las terribles circunstancias económicas. Pero también muchos han dado ejemplo de inteligencia, empuje e iniciativa ¿Perdida en qué sentido? Nunca es bueno generalizar.