¿De quién es la culpa?

Siempre, pase lo que pase, hay que buscar un culpable, o varios, pero todo depende de quién lo mire y cómo lo haga. En el caso de esa “generación perdida” la culpa ha sido de la crisis, de la falta de oportunidades y también del escaso espíritu de unos jóvenes incapaces de ver un futuro medianamente claro.

Los padres a veces han levantado la voz, han criticado, han buscado culpables. Casi siempre con razón. ¿Pero qué responsabilidad tienen ellos? Cualquier padre quiere lo mejor para su hijos, pero a veces las buenas intenciones no son las correctas o no son suficientes.

Durante años se nos ha convencido de la necesidad de formarse, de estudiar. Y realmente es importante. Pero también habría que preguntarse cuántos de esos jóvenes sin expectativas han perdido años de sus vidas estudiando unas carreras que no les gustaban o que no tenían futuro porque era la “ilusión de sus padres”. De esos padres que no tuvieron oportunidad de estudiar, pero sí de trabajar.

El problema es que la situación se volvió del revés, llegó la época de las posibilidades de estudiar…pero no de trabajar. ¿Y qué ha ocurrido? Miles de jóvenes con una edad que no les permite empezar en oficios, con unos estudios que no les han llevado más que a un callejón sin salida y sin una perspectiva laboral con la que afrontar el futuro.

Tal vez muchos de ellos hubieran sido más felices comenzando a trabajar cuando acababan de estrenar juventud, en una época en la que sí había salidas laborales. Quizá a estas alturas estarían en el paro, como tantos otros, pero al menos con algo de experiencia.

El “yo no pude estudiar, hazlo tú” no siempre funciona y ahora tenemos una generación que no puede dejar de estudiar porque no encuentra trabajo y no encuentra trabajo porque ha entrado en una edad muy difícil para empezar. No es cuestión de culpar, pero sí, al menos, de ser conscientes de que a veces, aun con toda la buena voluntad del mundo, se comenten errores y no son de los demás, son nuestros.